Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.152
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-Usted cree que ha atrapado al pájaro en el nido.
-¿Qué pájaro?
-Después se lo diré. Ahora le voy a participar..., mejor dicho, a confesar..., no, tampoco..., ahora voy a prestar declaración y usted tomará nota. ¡Ésta es la expresión! Pues bien, declaro que he estado buscando y rebuscando... -hizo un guiño, seguido de una pausa- que he venido aquí a leer los detalles relacionados con la muerte de la vieja usurera.
Las últimas palabras las dijo en un susurro y acercando tanto su cara a la de Zamiotof, que casi llegó a tocarla.
El secretario se quedó mirándole fijamente, sin moverse y sin retirar la cabeza. Más tarde, al recordar este momento, Zamiotof se preguntaba, extrañado, cómo podían haber estado mirándose así, sin decirse nada, durante un minuto.
-¿Qué me importa a mí lo que usted estuviera leyendo? -exclamó de pronto, desconcertado y molesto por aquella extraña actitud-. ¿Por qué cree usted que me ha de importar? ¿Qué tiene de particular que usted estuviera leyendo ese suceso?
Pero Raskolnikof, en voz baja como antes y sin hacer caso de las exclamaciones de Zamiotof, siguió diciendo:
-Me refiero a esa vieja de la que hablaban ustedes en la comisaría, ¿se acuerda?, cuando me desmayé... ¿Comprende usted ya?
-Pero ¿qué he de comprender? ¿Qué quiere usted decir? -preguntó Zamiotof, inquieto.
El semblante grave e inmóvil de Raskolnikof cambió de expresión repentinamente, y el ex estudiante se echó a reír con la misma risa nerviosa e incontenible que le había acometido momentos antes. De súbito le pareció que volvía a vivir intensamente las escenas turbadoras del crimen... Estaba detrás de la puerta con el hacha en la mano; el cerrojo se movía ruidosamente; al otro lado de la puerta, dos hombres la sacudían, tratando de forzarla y lanzando juramentos; y él se sentía dominado por el deseo de insultarlos, de hacerles hablar, de mofarse de ellos, de echarse a reír, con risa estrepitosa a grandes carcajadas...
-O está usted loco, o... -dijo Zamiotof.
Se detuvo ante la idea que de súbito le había asaltado.
-¿O qué...? Acabe, dígalo.
-No -replicó Zamiotof-. ¡Es tan absurdo...!
Los dos guardaron silencio. Raskolnikof, tras su repentino arrebato de hilaridad, quedó triste y pensativo. Se acodó en la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecía haberse olvidado de la presencia de Zamiotof. Hubo un largo silencio.
-¿Por qué no se toma el té? -dijo Zamiotof-.
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