Crimen y Castigo (Fedor Dostoiewski) - pág.151
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Ya sabe lo que quiero decir. Usted hacía señas al -teniente Pólvora» y él no lo entendía. ¿Se acuerda usted? Sin embargo, no hacía falta ser un lince para comprenderlo. La cosa no podía estar más clara.
-¡Qué charlatán!
-¿Se refiere al -teniente Pólvora»?
-No, a su amigo Rasumikhine.
-¡Vaya, vaya, señor Zamiotof! ¡Para usted es la vida! Usted tiene entrada libre y gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha invitado a champán ahora mismo?
-¿Invitado...? Hemos bebido champán. Pero ¿a santo de qué tenían que invitarme?
-Para corresponder a algún favor. Ustedes sacan provecho de todo.
Raskolnikof se echó a reír.
-No se enfade, no se enfade -añadió, dándole una palmada en la espalda-. Se lo digo sin malicia alguna, amistosamente, por pura diversión, como decía de los puñetazos que dio a Mitri el pintor que detuvieron ustedes por el asunto de la vieja.
-¿Cómo sabe usted que dijo eso?
-Yo sé muchas cosas, tal vez más que usted, sobre ese asunto...
-¡Qué raro está usted...! No me cabe duda de que está todavía enfermo. No debió salir de casa.
-¿De modo que le parece que estoy raro?
-Sí. ¿Qué estaba leyendo?
-Los periódicos.
-Sólo hablan de incendios.
-Yo no leía los incendios.
Miró a Zamiotof con una expresión extraña. Una sonrisa irónica volvió a torcer sus labios.
-No -repitió-, yo no leía las noticias de los incendios -y añadió, guiñándole un ojo-: Confiese, querido amigo, que arde usted en deseos de saber lo que estaba leyendo.
-Se equivoca usted. Le he hecho esa pregunta por decir algo. ¿Es que no puede uno preguntar...? Pero ¿qué le sucede?
-Óigame: usted es un hombre culto, ¿verdad? Usted debe de haber leído mucho.
-He seguido seis cursos en el Instituto -repuso Zamiotof, un tanto orgulloso.
-¡Seis cursos! ¡Ah, querido amigo! Lleva una raya perfecta, sortijas..., en fin, que es usted un hombre rico... ¡Y qué linda presencia!
Raskolnikof soltó una carcajada en la misma cara de su interlocutor, el cual retrocedió, no porque se sintiera ofendido, sino a causa de la sorpresa.
-¡Qué extraño está usted! -dijo, muy serio, Zamiotof-. Yo creo que aún desvaría.
-¿Desvariar yo? Te equivocas, hijito... Así, ¿cree usted que estoy extraño? Y se pregunta usted por qué, ¿no?
-Sí.
-Y desea usted saber lo que he leído, lo que he buscado en estos periódicos... Mire, mire cuántos números he pedido... Esto es sospechoso, ¿verdad?
-Pero ¿qué dice usted?
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