Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.837
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largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres
días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a
menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina,
brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo
borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje
el muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los
sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de
los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca
había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante
hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don
Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron,
dio su espíritu: quiero decir que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como
Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote de la Mancha, había
pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio
pedía para quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengeli
le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.
Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner
Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la
Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como
contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote,
los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:
Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:
-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si
bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si
presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.
Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor
modo que pudieres:
´´¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.
Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir;
solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y
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