Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.835
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moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a
las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y
con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que
estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.
El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con
Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué
estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó
a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el
cura, diciendo:
-Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el
Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina
y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar
las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque,
verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue
Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la
Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto
no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le
conocían.
Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza del
testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas
circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en
mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí
ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,
ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de haberse
pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen
provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el
gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino,
se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo
merece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo,
haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay
caballeros andantes en el mundo.
-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío,
sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede
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