Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.834
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misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres?
-Las misericordias -respondió don Quijote-, sobrina, son las que en este
instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis
pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de
la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los
detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus
embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que
no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz
del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal
modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase
renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta
verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al
bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quiero
confesarme y hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres.
Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la
Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de
Bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de
su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante
caballería, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas
leído, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las
abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva
locura le había tomado. Y Sansón le dijo:
-¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la
señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a
pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes,
quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, y
déjese de cuentos.
-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi
daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo,
señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y
traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi
testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con
el alma; y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan
por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque
en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se
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