Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.831
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mujer de la mano, tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a
don Quijote en la suya, en poder de su sobrina y de su ama, y en compañía
del cura y del bachiller.
Don Quijote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó
a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó su
vencimiento, y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea
en un año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en
un átomo, bien así como caballero andante, obligado por la puntualidad y
orden de la andante caballería, y que tenía pensado de hacerse aquel año
pastor, y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta
podía dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y
virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no tenían mucho que hacer y no
estaban impedidos en negocios más importantes, quisiesen ser sus
compañeros; que él compraría ovejas y ganado suficiente que les diese
nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de aquel
negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les
vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don
Quijote que él se había de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el
pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor
Pancino.
Pasmáronse todos de ver la nueva locura de don Quijote; pero, porque no se
les fuese otra vez del pueblo a sus caballerías, esperando que en aquel año
podría ser curado, concedieron con su nueva intención, y aprobaron por
discreta su locura, ofreciéndosele por compañeros en su ejercicio.
-Y más -dijo Sansón Carrasco-, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy
celebérrimo poeta y a cada paso compondré versos pastoriles, o cortesanos,
o como más me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos
andurriales donde habemos de andar; y lo que más es menester, señores míos,
es que cada uno escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus
versos, y que no dejemos árbol, por duro que sea, donde no la retule y
grabe su nombre, como es uso y costumbre de los enamorados pastores.
-Eso está de molde -respondió don Quijote-, puesto que yo estoy libre de
buscar nombre de pastora fingida, pues está ahí la sin par Dulcinea del
Toboso, gloria de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la
hermosura, nata de los donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede
asentar bien toda alabanza, por hipérbole que sea.
-Así es verdad -dijo el cura-, pero nosotros buscaremos por ahí pastoras
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