Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.830
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nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas
niñerías; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a
entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en agüeros.
Y no es menester hacer hincapié en esto, sino pasemos adelante y entremos
en nuestra aldea.
Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y diósela don Quijote; pasaron
adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al
cura y al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza había echado
sobre el rucio y sobre el lío de las armas, para que sirviese de repostero,
la túnica de bocací, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el
castillo del duque la noche que volvió en sí Altisidora. Acomodóle también
la coroza en la cabeza, que fue la más nueva transformación y adorno con
que se vio jamás jumento en el mundo.
Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a
ellos con los brazos abiertos. Apeóse don Quijote y abrazólos
estrechamente; y los mochachos, que son linces no escusados, divisaron la
coroza del jumento y acudieron a verle, y decían unos a otros:
-Venid, mochachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y
la bestia de don Quijote más flaca hoy que el primer día.
Finalmente, rodeados de mochachos y acompañados del cura y del bachiller,
entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote, y hallaron a la
puerta della al ama y a su sobrina, a quien ya habían llegado las nuevas de
su venida. Ni más ni menos se las habían dado a Teresa Panza, mujer de
Sancho, la cual, desgreñada y medio desnuda, trayendo de la mano a
Sanchica, su hija, acudió a ver a su marido; y, viéndole no tan bien
adeliñado como ella se pensaba que había de estar un gobernador, le dijo:
-¿Cómo venís así, marido mío, que me parece que venís a pie y despeado, y
más traéis semejanza de desgobernado que de gobernador?
-Calla, Teresa -respondió Sancho-, que muchas veces donde hay estacas no
hay tocinos, y vámonos a nuestra casa, que allá oirás maravillas. Dineros
traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria y sin daño de
nadie.
-Traed vos dinero, mi buen marido -dijo Teresa-, y sean ganados por aquí o
por allí, que, comoquiera que los hayáis ganado, no habréis hecho usanza
nueva en el mundo.
Abrazó Sanchica a su padre, y preguntóle si traía algo, que le estaba
esperando como el agua de mayo; y, asiéndole de un lado del cinto, y su
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