Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.828
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claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus
obras y sus palabras. Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don
Álvaro y don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción,
de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error en que estaba; el cual
se dio a entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos
tan contrarios don Quijotes.
Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua se
apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don
Quijote, y el otro el que había de llevar don Álvaro. En este poco espacio
le contó don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y el
remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiración a don Álvaro, el
cual, abrazando a don Quijote y a Sancho, siguió su camino, y don Quijote
el suyo, que aquella noche la pasó entre otros árboles, por dar lugar a
Sancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del mismo modo que la
pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más que de sus
espaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes una
mosca, aunque la tuviera encima.
No perdió el engañado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y halló que
con los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que había
madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su
camino, tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bien
acordado había sido tomar su declaración ante la justicia, y tan
auténticamente.
Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse,
si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don Quijote
contento sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba ya
desencantada a Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer
ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por
infalible no poder mentir las promesas de Merlín.
Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual
descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas y
dijo:
-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu
hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu
hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor
de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que
desearse puede.
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