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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.822

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la abrevies te añado cien reales.

-¿Cuándo? -replicó Sancho-. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced
que la tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abriré mis carnes.

Llegó la noche, esperada de don Quijote con la mayor ansia del mundo,
pareciéndole que las ruedas del carro de Apolo se habían quebrado, y que el
día se alargaba más de lo acostumbrado, bien así como acontece a los
enamorados, que jamás ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente, se
entraron entre unos amenos árboles que poco desviados del camino estaban,
donde, dejando vacías la silla y albarda de Rocinante y el rucio, se
tendieron sobre la verde yerba y cenaron del repuesto de Sancho; el cual,
haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un poderoso y flexible
azote, se retiró hasta veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don
Quijote, que le vio ir con denuedo y con brío, le dijo:

-Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da lugar que unos azotes aguarden a
otros; no quieras apresurarte tanto en la carrera, que en la mitad della te
falte el aliento; quiero decir que no te des tan recio que te falte la vida
antes de llegar al número deseado. Y, porque no pierdas por carta de más ni
de menos, yo estaré desde aparte contando por este mi rosario los azotes
que te dieres. Favorézcate el cielo conforme tu buena intención merece.

-Al buen pagador no le duelen prendas -respondió Sancho-: yo pienso darme
de manera que, sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la
sustancia deste milagro.

Desnudóse luego de medio cuerpo arriba, y, arrebatando el cordel, comenzó a
darse, y comenzó don Quijote a contar los azotes.

Hasta seis o ocho se habría dado Sancho, cuando le pareció ser pesada la
burla y muy barato el precio della, y, deteniéndose un poco, dijo a su amo
que se llamaba a engaño, porque merecía cada azote de aquéllos ser pagado a
medio real, no que a cuartillo.

-Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes -le dijo don Quijote-, que yo doblo
la parada del precio.

-Dese modo -dijo Sancho-, ¡a la mano de Dios, y lluevan azotes!

Pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles,
con unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno dellos
se le arrancaba el alma. Tierna la de don Quijote, temeroso de que no se le
acabase la vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le
dijo:

-Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece


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