Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.821
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-Tú tienes razón, Sancho amigo -respondió don Quijote-, y halo hecho muy
mal Altisidora en no haberte dado las prometidas camisas; y, puesto que tu
virtud es gratis data, que no te ha costado estudio alguno, más que estudio
es recebir martirios en tu persona. De mí te sé decir que si quisieras paga
por los azotes del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como
buena; pero no sé si vendrá bien con la cura la paga, y no querría que
impidiese el premio a la medicina. Con todo eso, me parece que no se
perderá nada en probarlo: mira, Sancho, el que quieres, y azótate luego, y
págate de contado y de tu propia mano, pues tienes dineros míos.
A cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio
consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana; y dijo a su amo:
-Agora bien, señor, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo
que desea, con provecho mío; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace
que me muestre interesado. Dígame vuestra merced: ¿cuánto me dará por cada
azote que me diere?
-Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don Quijote-, conforme lo que
merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas
del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío,
y pon el precio a cada azote.
-Ellos -respondió Sancho- son tres mil y trecientos y tantos; de ellos me
he dado hasta cinco: quedan los demás; entren entre los tantos estos cinco,
y vengamos a los tres mil y trecientos, que a cuartillo cada uno, que no
llevaré menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres mil y trecientos
cuartillos, que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que hacen
setecientos y cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta
medios reales, que vienen a hacer setenta y cinco reales, que, juntándose a
los setecientos y cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco
reales. Éstos desfalcaré yo de los que tengo de vuestra merced, y entraré
en mi casa rico y contento, aunque bien azotado; porque no se toman
truchas..., y no digo más.
-¡Oh Sancho bendito! ¡Oh Sancho amable -respondió don Quijote-, y cuán
obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el
cielo nos diere de vida! Si ella vuelve al ser perdido, que no es posible
sino que vuelva, su desdicha habrá sido dicha, y mi vencimiento, felicísimo
triunfo. Y mira, Sancho, cuándo quieres comenzar la diciplina, que porque
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