Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.819
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cuanto más morirme.
-Eso creo yo muy bien -dijo Sancho-, que esto del morirse los enamorados es
cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas.
Estando en estas pláticas, entró el músico, cantor y poeta que había
cantado las dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran
reverencia a don Quijote, dijo:
-Vuestra merced, señor caballero, me cuente y tenga en el número de sus
mayores servidores, porque ha muchos días que le soy muy aficionado, así
por su fama como por sus hazañas.
Don Quijote le respondió:
-Vuestra merced me diga quién es, porque mi cortesía responda a sus
merecimientos.
El mozo respondió que era el músico y panegírico de la noche antes.
-Por cierto -replicó don Quijote-, que vuestra merced tiene estremada voz,
pero lo que cantó no me parece que fue muy a propósito; porque, ¿qué tienen
que ver las estancias de Garcilaso con la muerte desta señora?
-No se maraville vuestra merced deso -respondió el músico-, que ya entre
los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como
quisiere, y hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento,
y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia
poética.
Responder quisiera don Quijote, pero estorbáronlo el duque y la duquesa,
que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce plática,
en la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de
nuevo admirados a los duques, así con su simplicidad como con su agudeza.
Don Quijote les suplicó le diesen licencia para partirse aquel mismo día,
pues a los vencidos caballeros, como él, más les convenía habitar una
zahúrda que no reales palacios. Diéronsela de muy buena gana, y la duquesa
le preguntó si quedaba en su gracia Altisidora. Él le respondió:
-Señora mía, sepa Vuestra Señoría que todo el mal desta doncella nace de
ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua. Ella me ha
dicho aquí que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de
saber hacer, no las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos,
no se menearán en su imaginación la imagen o imágines de lo que bien
quiere; y ésta es la verdad, éste mi parecer y éste es mi consejo.
-Y el mío -añadió Sancho-, pues no he visto en toda mi vida randera que por
amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos
en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por mí lo digo, pues,
mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi oíslo; digo, de mi Teresa
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