Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.817
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cortesía ninguna. Sentóse Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y,
después de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:
-Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la
honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando
noticia en público de los secretos que su corazón encierra, en estrecho
término se hallan. Yo, señor don Quijote de la Mancha, soy una déstas,
apretada, vencida y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta;
tanto que, por serlo tanto, reventó mi alma por mi silencio y perdí la
vida. Dos días ha que con la consideración del rigor con que me has
tratado,
¡Oh más duro que mármol a mis quejas,
empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de
los que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condoliéndose de mí,
depositó mi remedio en los martirios deste buen escudero, allá me quedara
en el otro mundo.
-Bien pudiera el Amor -dijo Sancho- depositarlos en los de mi asno, que yo
se lo agradeciera. Pero dígame, señora, así el cielo la acomode con otro
más blando amante que mi amo: ¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué hay
en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener
aquel paradero.
-La verdad que os diga -respondió Altisidora-, yo no debí de morir del
todo, pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no
pudiera salir dél, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta,
adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en
calzas y en jubón, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas,
y con unas vueltas de lo mismo, que les servían de puños, con cuatro dedos
de brazo de fuera, porque pareciesen las manos más largas, en las cuales
tenían unas palas de fuego; y lo que más me admiró fue que les servían, en
lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra, cosa
maravillosa y nueva; pero esto no me admiró tanto como el ver que, siendo
natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los
que pierden, allí en aquel juego todos gruñían, todos regañaban y todos se
maldecían.
-Eso no es maravilla -respondió Sancho-, porque los diablos, jueguen o no
jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.
-Así debe de ser -respondió Altisidora-; mas hay otra cosa que también me
admira, quiero decir me admiró entonces, y fue que al primer voleo no
quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y así,
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