Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.816
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Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote.
Pidióle el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por
allí a darle cuenta del suceso. Hízolo así el bachiller; partióse en su
busca, no le halló en Zaragoza, pasó adelante y sucedióle lo que queda
referido.
Volvióse por el castillo del duque y contóselo todo, con las condiciones de
la batalla, y que ya don Quijote volvía a cumplir, como buen caballero
andante, la palabra de retirarse un año en su aldea, en el cual tiempo
podía ser, dijo el bachiller, que sanase de su locura; que ésta era la
intención que le había movido a hacer aquellas transformaciones, por ser
cosa de lástima que un hidalgo tan bien entendido como don Quijote fuese
loco. Con esto, se despidió del duque, y se volvió a su lugar, esperando en
él a don Quijote, que tras él venía.
De aquí tomó ocasión el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que
gustaba de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendo tomar los
caminos cerca y lejos del castillo por todas las partes que imaginó que
podría volver don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a
caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le
hallasen. Halláronle, dieron aviso al duque, el cual, ya prevenido de todo
lo que había de hacer, así como tuvo noticia de su llegada, mandó encender
las hachas y las luminarias del patio y poner a Altisidora sobre el túmulo,
con todos los aparatos que se han contado, tan al vivo, y tan bien hechos,
que de la verdad a ellos había bien poca diferencia.
Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como
los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues
tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos.
Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro velando a
pensamientos desatados, les tomó el día y la gana de levantarse; que las
ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a don Quijote.
Altisidora -en la opinión de don Quijote, vuelta de muerte a vida-,
siguiendo el humor de sus señores, coronada con la misma guirnalda que en
el túmulo tenía, y vestida una tunicela de tafetán blanco, sembrada de
flores de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas, arrimada a un
báculo de negro y finísimo ébano, entró en el aposento de don Quijote, con
cuya presencia turbado y confuso, se encogió y cubrió casi todo con las
sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle
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