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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.815

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-Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera -respondió
Sancho-, y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en
mi vida. Yo no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora,
doncella más antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he
dicho, con los martirios de Sancho Panza. Agora sí que vengo a conocer
clara y distintamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien
Dios me libre, pues yo no me sé librar; con todo esto, suplico a vuestra
merced me deje dormir y no me pregunte más, si no quiere que me arroje por
una ventana abajo.

-Duerme, Sancho amigo -respondió don Quijote-, si es que te dan lugar los
alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.

-Ningún dolor -replicó Sancho- llegó a la afrenta de las mamonas, no por
otra cosa que por habérmelas hecho dueña, que confundidas sean; y torno a
suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las
miserias de los que las tienen despiertas.

Sea así -dijo don Quijote-, y Dios te acompañe.

Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide
Hamete, autor desta grande historia, qué les movió a los duques a levantar
el edificio de la máquina referida. Y dice que, no habiéndosele olvidado al
bachiller Sansón Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y
derribado por don Quijote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos
sus designios, quiso volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el
pasado; y así, informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa
Panza, mujer de Sancho, adónde don Quijote quedaba, buscó nuevas armas y
caballo, y puso en el escudo la blanca luna, llevándolo todo sobre un
macho, a quien guiaba un labrador, y no Tomé Cecial, su antiguo escudero,
porque no fuese conocido de Sancho ni de don Quijote.

Llegó, pues, al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que
don Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza.
Díjole asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto
de Dulcinea, que había de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin,
dio cuenta de la burla que Sancho había hecho a su amo, dándole a entender
que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y cómo la
duquesa su mujer había dado a entender a Sancho que él era el que se
engañaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea; de que no poco
se rió y admiró el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de


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