Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.814
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sonaron las chirimías, a quien acompañaron las flautas y las voces de
todos, que aclamaban:
-¡Viva Altisidora! ¡Altisidora viva!
Levantáronse los duques y los reyes Minos y Radamanto, y todos juntos, con
don Quijote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora y a bajarla del túmulo;
la cual, haciendo de la desmayada, se inclinó a los duques y a los reyes,
y, mirando de través a don Quijote, le dijo:
-Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado
en el otro mundo, a mi parecer, más de mil años; y a ti, ¡oh el más
compasivo escudero que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo.
Dispón desde hoy más, amigo Sancho, de seis camisas mías que te mando para
que hagas otras seis para ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son
todas limpias.
Besóle por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas
en el suelo. Mandó el duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza,
y le pusiesen el sayo, y le quitasen la ropa de las llamas. Suplicó Sancho
al duque que le dejasen la ropa y mitra, que las quería llevar a su tierra,
por señal y memoria de aquel nunca visto suceso. La duquesa respondió que
sí dejarían, que ya sabía él cuán grande amiga suya era. Mandó el duque
despejar el patio, y que todos se recogiesen a sus estancias, y que a don
Quijote y a Sancho los llevasen a las que ellos ya se sabían.
Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no
escusadas para la claridad desta historia
Durmió Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don
Quijote, cosa que él quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabía que
su amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se
hallaba en disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios
pasados los tenía presentes, y no le dejaban libre la lengua, y viniérale
más a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia
acompañado. Salióle su temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que,
apenas hubo entrado su señor en el lecho, cuando dijo:
-¿Qué te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la
fuerza del desdén desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a
Altisidora, no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro
instrumento bélico, ni con venenos mortíferos, sino con la consideración
del rigor y el desdén con que yo siempre la he tratado.
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