Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.813
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mesmo castillo; traspásenme el cuerpo con puntas de dagas buidas;
atenácenme los brazos con tenazas de fuego, que yo lo llevaré en paciencia,
o serviré a estos señores; pero que me toquen dueñas no lo consentiré, si
me llevase el diablo.
Rompió también el silencio don Quijote, diciendo a Sancho:
-Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos señores, y muchas gracias al cielo
por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della
desencantes los encantados y resucites los muertos.
Ya estaban las dueñas cerca de Sancho, cuando él, más blando y más
persuadido, poniéndose bien en la silla, dio rostro y barba a la primera,
la cual la hizo una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.
-¡Menos cortesía; menos mudas, señora dueña -dijo Sancho-; que por Dios que
traéis las manos oliendo a vinagrillo!
Finalmente, todas las dueñas le sellaron, y otra mucha gente de casa le
pellizcaron; pero lo que él no pudo sufrir fue el punzamiento de los
alfileres; y así, se levantó de la silla, al parecer mohíno, y, asiendo de
una hacha encendida que junto a él estaba, dio tras las dueñas, y tras
todos su verdugos, diciendo:
-¡Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan
extraordinarios martirios!
En esto, Altisidora, que debía de estar cansada por haber estado tanto
tiempo supina, se volvió de un lado; visto lo cual por los circunstantes,
casi todos a una voz dijeron:
-¡Viva es Altisidora! ¡Altisidora vive!
Mandó Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se había alcanzado
el intento que se procuraba.
Así como don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas
delante de Sancho, diciéndole:
-Agora es tiempo, hijo de mis entrañas, no que escudero mío, que te des
algunos de los azotes que estás obligado a dar por el desencanto de
Dulcinea. Ahora, digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y
con eficacia de obrar el bien que de ti se espera.
A lo que respondió Sancho:
-Esto me parece argado sobre argado, y no miel sobre hojuelas. Bueno sería
que tras pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora los azotes. No
tienen más que hacer sino tomar una gran piedra, y atármela al cuello, y
dar conmigo en un pozo, de lo que a mí no pesaría mucho, si es que para
curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda. Déjenme; si no,
por Dios que lo arroje y lo eche todo a trece, aunque no se venda.
Ya en esto, se había sentado en el túmulo Altisidora, y al mismo instante
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