Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.812
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celebrándote irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.
-No más -dijo a esta sazón uno de los dos que parecían reyes-: no más,
cantor divino; que sería proceder en infinito representarnos ahora la
muerte y las gracias de la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo
ignorante piensa, sino viva en las lenguas de la Fama, y en la pena que
para volverla a la perdida luz ha de pasar Sancho Panza, que está presente;
y así, ¡oh tú, Radamanto, que conmigo juzgas en las cavernas lóbregas de
Lite!, pues sabes todo aquello que en los inescrutables hados está
determinado acerca de volver en sí esta doncella, dilo y decláralo luego,
porque no se nos dilate el bien que con su nueva vuelta esperamos.
Apenas hubo dicho esto Minos, juez y compañero de Radamanto, cuando,
levantándose en pie Radamanto, dijo:
-¡Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos
tras otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce
pellizcos y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia
consiste la salud de Altisidora!
Oyendo lo cual Sancho Panza, rompió el silencio, y dijo:
-¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como
volverme moro! ¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme el rostro con
la resurreción desta doncella? Regostóse la vieja a los bledos. Encantan a
Dulcinea, y azótanme para que se desencante; muérese Altisidora de males
que Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a mí veinte y cuatro
mamonas, y acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a
pellizcos. ¡Esas burlas, a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay
conmigo tus, tus!
-¡Morirás! -dijo en alta voz Radamanto-. Ablándate, tigre; humíllate,
Nembrot soberbio, y sufre y calla, pues no te piden imposibles. Y no te
metas en averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser,
acrebillado te has de ver, pellizcado has de gemir. ¡Ea, digo, ministros,
cumplid mi mandamiento; si no, por la fe de hombre de bien, que habéis de
ver para lo que nacistes!
Parecieron, en esto, que por el patio venían, hasta seis dueñas en
procesión, una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas las
manos derechas en alto, con cuatro dedos de muñecas de fuera, para hacer
las manos más largas, como ahora se usa. No las hubo visto Sancho, cuando,
bramando como un toro, dijo:
-Bien podré yo dejarme manosear de todo el mundo, pero consentir que me
toquen dueñas, ¡eso no! Gatéenme el rostro, como hicieron a mi amo en este
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