Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.811
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admiración de lo que estaban mirando les tenía atadas las lenguas.
Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompañamiento, dos principales
personajes, que luego fueron conocidos de don Quijote ser el duque y la
duquesa, sus huéspedes, los cuales se sentaron en dos riquísimas sillas,
junto a los dos que parecían reyes. ¿Quién no se había de admirar con esto,
añadiéndose a ello haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto que
estaba sobre el túmulo era el de la hermosa Altisidora?
Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don Quijote y
Sancho y les hicieron una profunda humillación, y los duques hicieron lo
mesmo, inclinando algún tanto las cabezas.
Salió, en esto, de través un ministro, y, llegándose a Sancho, le echó una
ropa de bocací negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y,
quitándole la caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que
sacan los penitenciados por el Santo Oficio; y díjole al oído que no
descosiese los labios, porque le echarían una mordaza, o le quitarían la
vida. Mirábase Sancho de arriba abajo, veíase ardiendo en llamas, pero como
no le quemaban, no las estimaba en dos ardites. Quitóse la coroza, viola
pintada de diablos, volviósela a poner, diciendo entre sí:
-Aún bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.
Mirábale también don Quijote, y, aunque el temor le tenía suspensos los
sentidos, no dejó de reírse de ver la figura de Sancho. Comenzó, en esto, a
salir, al parecer, debajo del túmulo un son sumiso y agradable de flautas,
que, por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio el
mesmo silencio guardaba silencio a sí mismo, se mostraba blando y amoroso.
Luego hizo de sí improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer,
cadáver, un hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa,
que él mismo tocaba, cantó con suavísima y clara voz estas dos estancias:
-En tanto que en sí vuelve Altisidora,
muerta por la crueldad de don Quijote,
y en tanto que en la corte encantadora
se vistieren las damas de picote,
y en tanto que a sus dueñas mi señora
vistiere de bayeta y de anascote,
cantaré su belleza y su desgracia,
con mejor plectro que el cantor de Tracia.
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas, con la lengua muerta y fría en la boca,
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca,
por el estigio lago conducida,
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