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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.810

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mal viento va esta parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los
palos, y ¡ojalá parase en ellos lo que amenaza esta aventura tan
desventurada!

Iba don Quijote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hacía
qué serían aquellos nombres llenos de vituperios que les ponían, de los
cuales sacaba en limpio no esperar ningún bien y temer mucho mal. Llegaron,
en esto, un hora casi de la noche, a un castillo, que bien conoció don
Quijote que era el del duque, donde había poco que habían estado.

-¡Váleme Dios! -dijo, así como conoció la estancia- y ¿qué será esto? Sí
que en esta casa todo es cortesía y buen comedimiento, pero para los
vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo, y viéronle aderezado y puesto de
manera que les acrecentó la admiración y les dobló el miedo, como se verá
en el siguiente capítulo.





Capítulo LXIX. Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso
desta grande historia avino a don Quijote


Apeáronse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso y
arrebatadamente a Sancho y a don Quijote, los entraron en el patio,
alrededor del cual ardían casi cien hachas, puestas en sus blandones, y,
por los corredores del patio, más de quinientas luminarias; de modo que, a
pesar de la noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver la
falta del día. En medio del patio se levantaba un túmulo como dos varas del
suelo, cubierto todo con un grandísimo dosel de terciopelo negro, alrededor
del cual, por sus gradas, ardían velas de cera blanca sobre más de cien
candeleros de plata; encima del cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto de
una tan hermosa doncella, que hacía parecer con su hermosura hermosa a la
misma muerte. Tenía la cabeza sobre una almohada de brocado, coronada con
una guirnalda de diversas y odoríferas flores tejida, las manos cruzadas
sobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y vencedora palma.

A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dos
personajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos,
daban señales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al lado
deste teatro, adonde se subía por algunas gradas, estaban otras dos sillas,
sobre las cuales los que trujeron los presos sentaron a don Quijote y a
Sancho, todo esto callando y dándoles a entender con señales a los dos que
asimismo callasen; pero, sin que se lo señalaran, callaron ellos, porque la


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