Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.809
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Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída,
la que conmigo muerte y vida trata!
Cada verso déstos acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, bien
como aquél cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y con
la ausencia de Dulcinea.
Llegóse en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho,
despertó y esperezóse, sacudiéndose y estirándose los perezosos miembros;
miró el destrozo que habían hecho los puercos en su repostería, y maldijo
la piara y aun más adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzado
camino, y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diez
hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie. Sobresaltóse el corazón
de don Quijote y azoróse el de Sancho, porque la gente que se les llegaba
traía lanzas y adargas y venía muy a punto de guerra. Volvióse don Quijote
a Sancho, y díjole:
-Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera
atado los brazos, esta máquina que sobre nosotros viene la tuviera yo por
tortas y pan pintado, pero podría ser fuese otra cosa de la que tememos.
Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar
palabra alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas y
pechos, amenazándole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la
boca, en señal de que callase, asió del freno de Rocinante y le sacó del
camino; y los demás de a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando
todos maravilloso silencio, siguieron los pasos del que llevaba a don
Quijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar adónde le llevaban o qué
querían; pero, apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los iban a
cerrar con los hierros de las lanzas; y a Sancho le acontecía lo mismo,
porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de a pie, con un
aguijón, le punzaba, y al rucio ni más ni menos como si hablar quisiera.
Cerró la noche, apresuraron el paso, creció en los dos presos el miedo, y
más cuando oyeron que de cuando en cuando les decían:
-¡Caminad, trogloditas!
-¡Callad, bárbaros!
-¡Pagad, antropófagos!
-¡No os quejéis, scitas, ni abráis los ojos, Polifemos matadores, leones
carniceros!
Y otros nombres semejantes a éstos, con que atormentaban los oídos de los
miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre sí:
-¿Nosotros tortolitas? ¿Nosotros barberos ni estropajos? ¿Nosotros
perritas, a quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: a
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