Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.808
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de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podía. Llegó de
tropel la estendida y gruñidora piara, y, sin tener respeto a la autoridad
de don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo
las trincheas de Sancho, y derribando no sólo a don Quijote, sino llevando
por añadidura a Rocinante. El tropel, el gruñir, la presteza con que
llegaron los animales inmundos, puso en confusión y por el suelo a la
albarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.
Levantóse Sancho como mejor pudo, y pidió a su amo la espada, diciéndole
que quería matar media docena de aquellos señores y descomedidos puercos,
que ya había conocido que lo eran. Don Quijote le dijo:
-Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo
castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y
le piquen avispas y le hollen puercos.
-También debe de ser castigo del cielo -respondió Sancho- que a los
escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y
les embista la hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a
quien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos
alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generación; pero, ¿qué
tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien: tornémonos a
acomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecerá Dios y
medraremos.
-Duerme tú, Sancho -respondió don Quijote-, que naciste para dormir; que
yo, que nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al día, daré rienda
a mis pensamientos, y los desfogaré en un madrigalete, que, sin que tú lo
sepas, anoche compuse en la memoria.
-A mí me parece -respondió Sancho- que los pensamientos que dan lugar a
hacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere,
que yo dormiré cuanto pudiere.
Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurrucó y durmió a sueño
suelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don
Quijote, arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque -que Cide
Hamete Benengeli no distingue el árbol que era-, al son de sus mesmos
suspiros, cantó de esta suerte:
-Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;
mas, en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza y no le paso.
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