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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.807

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dolor de los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje
dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento de
no tocarme jamás al pelo del sayo, no que al de mis carnes.

-¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y
mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí
te has visto gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser
conde, o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de
ellas más de cuanto tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero
lucem.

-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo,
ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que
inventó el sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que
quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío
que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas
se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con
el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es
que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca
diferencia.

-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don Quijote-, tan elegantemente como
ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces
sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".

-¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que
ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dos
en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos
esta diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a
deshora; pero, en efecto, todos son refranes.

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, que
por todos aquellos valles se estendía. Levantóse en pie don Quijote y puso
mano a la espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio, poniéndose a los
lados el lío de las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de
miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el
ruido, y, llegándose cerca a los dos temerosos; a lo menos, al uno, que al
otro, ya se sabe su valentía.

Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria más de
seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto
el ruido que llevaban y el gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídos


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