Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.806
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experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no
viene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto,
y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde
pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana.
Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a
quien se le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas
en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en
los castillos y casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del
rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser
siempre de día ni siempre de noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo
velando.
Capítulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote
Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en
parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear a
los antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don
Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al
segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba
el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena
complexión y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que
despertó a Sancho y le dijo:
-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que
eres hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni
sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo
me desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto.
De buenos criados es conllevar las penas de sus señores y sentir sus
sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche,
la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia
entre nuestro sueño. Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de
aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos
azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te
lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez,
porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado, pasaremos lo
que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando desde
agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.
-Señor -respondió Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de
mi sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del
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