Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.700
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faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento de don Quijote.
La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyó la duquesa que Rodríguez había
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y así, llenas de cólera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la dueña
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.
Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto -que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:
-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.
-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba
ser de edad de catorce años, poco más a menos.
Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del
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