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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.698

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suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este
vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,
debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ´´Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que
nos será mal contado´´. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el
sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.»

-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver
mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.

Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó
de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y
él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había
contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:

-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lágrimas y suspiros; que con decir: ´´Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por


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