Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.695
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paso de la cárcel.
-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán
dormir en la cárcel cuantos hoy viven.
-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?
-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos
a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su
intención.
-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.
-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.
-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí
adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco
vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:
-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,
sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho
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