Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.688
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vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doña
Casilda´´, que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con
la gorra en la mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual mi
señora, llena de cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un
punzón, del estuche, y clavósele por los lomos, de manera que mi marido dio
una gran voz y torció el cuerpo, de suerte que dio con su señora en el
suelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde
y los alguaciles; alborotóse la Puerta de Guadalajara, digo, la gente
baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y mi marido acudió en casa
de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entrañas.
Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían por
las calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de vista, mi
señora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo para
mí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa,
que estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo a
este reino de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y
viniendo días, creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta
como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee
y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su
limpieza no digo nada: que el agua que corre no es más limpia, y debe de
tener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis años, cinco meses y tres
días, uno más a menos. En resolución: de esta mi muchacha se enamoró un
hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del duque mi señor, no
muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y,
debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere
cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a él,
no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que,
como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por
fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar
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