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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.687

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linaje que atraviesan por él muchos de los mejores de aquella provincia;
pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes
de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me trujeron a la corte, a Madrid,
donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me
acomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quiero
hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna
me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron
sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron de
ir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedé
huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que
a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que
diese yo ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en
días, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era
montañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a
noticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz
y en haz de la Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio
nació una hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yo
muriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a
poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora
lugar para contarle, yo sé que vuestra merced se admirara.»

Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:

-Perdóneme vuestra merced, señor don Quijote, que no va más en mi mano,
porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los
ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a
las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces
no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras
iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Al
entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía a
salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, así como
mi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal de
volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja le
decía: ´´-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?´´ El alcalde,
de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: ´´-Seguid, señor,


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