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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.686

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estaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas
estatuas como las dueñas verdaderas!

Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y
no dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya la
señora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella
vio a don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas,
galocha o becoquín, temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos,
dijo:

-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal
haberse vuesa merced levantado de su lecho.

-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.

-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la
dueña.

-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol
ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un
poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo
debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y
piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad
mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas
reverendísimas tocas.

Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le
dio con las mesmas ceremonias.

Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por
ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor
almalafa de dos que tenía.

Entróse, en fin, don Quijote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada
en una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la
vela. Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro
descubierto; y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el
silencio fue don Quijote, diciendo:

-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar
todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas,
que será de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.

-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradable
presencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta.
«Es, pues, el caso, señor don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee
sentada en esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de
dueña aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de


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