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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.684

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que, adondequiera eres mía, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.

El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por
los aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual
traje parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.

Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la
rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con
unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban
desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una
media vela encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese
la luz en los ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando
quedito, y movía los pies blandamente.

Miróla don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su
silencio, pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él
alguna mala fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese
llegando la visión, y, cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos
y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si él
quedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la suya,
porque, así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las
vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:

-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?

Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio
consigo una gran caída. Don Quijote, temeroso, comenzó a decir:

-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me
digas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo
haré por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico
cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé la
orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer
bien a las ánimas de purgatorio se estiende.

La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don
Quijote, y con voz afligida y baja le respondió:

-Señor don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no
soy fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de


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