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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.683

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ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la
cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te
vienes a pedirme seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y
¿por qué te los había de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y
¿qué se me da a mí de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines?
¡Va de mí, digo; si no, por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo
dicho! Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón que, para
tentarme, te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y
medio que tengo el gobierno, y ¿ya quieres que tenga seiscientos ducados?

Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual
lo hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase
su cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.

Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y
volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las
gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales
le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y
verdad que suele contar las cosas desta historia, por mínimas que sean.





Capítulo XLVIII. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la
dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de
memoria eterna


Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don Quijote, vendado el
rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato,
desdichas anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en
público, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado,
pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que
con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la
enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en
condición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea del
Toboso.

-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-;
no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de
adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo
más escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en
cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y
sirgo compuestas, ora te tenga Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren;


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