Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.682
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-Pintad lo que quisiéredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la
pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro
retrato.
-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su
gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede
ser, a causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con
la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar,
diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a
mi bachiller, sino que no la puede estender, que está añudada; y, con todo,
en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.
-Está bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado
de los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin
rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.
-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese
merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea
servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los
bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la
verdad, señor gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o
cuatro veces no le atormenten los malignos espíritus; y de haber caído una
vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo
llorosos y manantiales; pero tiene una condición de un ángel, y si no es
que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo, fuera un bendito.
-¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Sancho.
-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo;
pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no
pegue. Digo, señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o
seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda
de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a
las impertinencias de los suegros.
-Mirad si queréis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejéis de decir por
empacho ni por vergüenza.
-No, por cierto -respondió el labrador.
Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la
silla en que estaba sentado y dijo:
-¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y
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