Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.680
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y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibiré mucha merced, y
tendré cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de
camino podéis encajar un besamanos a mi señor don Quijote de la Mancha,
porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen
vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiéredes y más viniere a cuento. Y
álcense estos manteles, y denme a mí de comer, que yo me avendré con
cuantas espías y matadores y encantadores vinieren sobre mí y sobre mi
ínsula.
En esto entró un paje, y dijo:
-Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Señoría en un
negocio, según él dice, de mucha importancia.
-Estraño caso es éste -dijo Sancho- destos negociantes. ¿Es posible que
sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son
en las que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los
que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester
que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren
que seamos hechos de piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me
dura el gobierno (que no durará, según se me trasluce), que yo ponga en
pretina a más de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre;
pero adviértase primero no sea alguno de los espías, o matador mío.
-No, señor -respondió el paje-, porque parece una alma de cántaro, y yo sé
poco, o él es tan bueno como el buen pan.
-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquí estamos todos.
-¿Sería posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no está aquí el
doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia,
aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?
-Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará
Vuestra Señoría satisfecho y pagado -dijo el maestresala.
-Dios lo haga -respondió Sancho.
Y, en esto, entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil
leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo
fue:
-¿Quién es aquí el señor gobernador?
-¿Quién ha de ser -respondió el secretario-, sino el que está sentado en la
silla?
-Humíllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.
Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela
Sancho, y mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el
labrador, y luego dijo:
-Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos
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