Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.678
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las bodas labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores,
donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es porque
siempre y a doquiera y de quienquiera son más estimadas las medicinas
simples que las compuestas, porque en las simples no se puede errar y en
las compuestas sí, alterando la cantidad de las cosas de que son
compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora,
para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de cañutillos de
suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le
asienten el estómago y le ayuden a la digestión.
Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla y miró de hito
en hito al tal médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba y dónde
había estudiado. A lo que él respondió:
-Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy
natural de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y
Almodóvar del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la
universidad de Osuna.
A lo que respondió Sancho, todo encendido en cólera:
-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera,
lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del
Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que
tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar
médico en toda la ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son
ignorantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré
sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas. Y vuelvo a decir que
se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré esta silla donde estoy
sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en residencia, que yo
me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico,
verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno,
que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.
Alborotóse el doctor, viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de
posta en la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió
diciendo:
-Correo viene del duque mi señor; algún despacho debe de traer de
importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso
en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien
mandó leyese el sobreescrito, que decía así: A don Sancho Panza, gobernador
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