Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.676
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-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado
de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu
escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo
yo, que te adoro.
A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la
merced, no porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y
cencerruna, sino porque había conocido la buena intención con que habían
venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos
del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le
saliera a don Quijote aquella aventura, que le costó cinco días de
encerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho
Panza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno.
Capítulo XLVII. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su
gobierno
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un
suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y
limpísima mesa; y, así como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y
salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibió con mucha
gravedad.
Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había
más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en
pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena
en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban
cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno
que parecía estudiante echó la bendición, y un paje puso un babador randado
a Sancho; otro que hacía el oficio de maestresala, llegó un plato de fruta
delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla
tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima
celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro manjar. Iba a probarle
Sancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la varilla había
tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la fruta.
Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si
se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual
respondió el de la vara:
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