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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.675

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improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a
plomo caía, descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros
asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo
traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los
cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques habían sido
inventores de la burla, todavía les sobresaltó; y, temeroso, don Quijote
quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la
reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parecía que una región
de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ardían, y
andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los
grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que
no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.

Levantóse don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:

-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy
don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras
malas intenciones!

Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro
y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don
Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque
y la duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron
a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero
pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron
con luces y vieron la desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don
Quijote dijo a voces:

-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién
es don Quijote de la Mancha!

Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin,
el duque se le desarraigó y le echó por la reja.

Quedó don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada
tenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y
la misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por
todo lo herido; y, al ponérselas, con voz baja le dijo:


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