Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.673
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quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo
gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al
duque, que con gran deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la música de Altisidora.
Capítulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don
Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían
causado la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos,
y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y
juntábansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el
tiempo, y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y
con mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por don Quijote,
dejó las blandas plumas, y, no nada perezoso, se vistió su acamuzado
vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus
medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una
montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó el
tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario
que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a la
antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole
Altisidora y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don
Quijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran
presteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegándose
a ellas, dijo:
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella más
sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que
la conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si
es que todos son desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don Quijote,
que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí
estuviere.
A lo que respondió don Quijote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi
aposento, que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella;
que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios
calificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se
hubo bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a
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