Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.672
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llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de
plata la moneda que llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera,
y volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a
lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el
fin de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más
asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el
regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era
posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:
-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la
poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y
en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced
mandó darme.
-Y ¿háosla quitado? -preguntó el gobernador.
-¿Cómo quitar? -respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que
me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las
barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y
escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de
leones: antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!
-Ella tiene razón -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas,
y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:
-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender
esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro
cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y
mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la
redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera,
desvergonzada y embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo
al hombre:
-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí
adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de
yogar con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
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