Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.667
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acíbar; para mí sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la
gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas
y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arrojó la
naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desespérese Madama, por
quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser
de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de
todas las potestades hechiceras de la tierra.
Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si
le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde
le dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que
quiere dar principio a su famoso gobierno.
Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y
del modo que comenzó a gobernar
¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo,
meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá,
médico acullá, padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre
sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya
ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y
alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus
puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo
me siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta
mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender
que se llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba
Baratario, o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al
llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del
pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron
muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia
mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas ridículas ceremonias, le
entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador
de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía
admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos
los que lo sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia,
le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo
del duque le dijo:
-Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a
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