Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.661
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maravillosamente. Digo, pues, que acaeció que, así como Sancho vio al tal
mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y,
volviéndose a su señor, le dijo:
-Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy, en justo
y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste
mayordomo del duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.
Miró don Quijote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo a
Sancho:
-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente,
que no sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del
mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo,
implicaría contradición muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas
averiguaciones, que sería entrarnos en intricados laberintos. Créeme,
amigo, que es menester rogar a Nuestro Señor muy de veras que nos libre a
los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.
-No es burla, señor -replicó Sancho-, sino que denantes le oí hablar, y no
pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien,
yo callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si
descubre otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.
-Así lo has de hacer, Sancho -dijo don Quijote-, y darásme aviso de todo lo
que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te
sucediere.
Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y
encima un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de
lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque,
iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía
Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía
iba tan contento que no se trocara con el emperador de Alemaña.
Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su
señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.
Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y,
en tanto, atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con
ello no rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia,
porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiración, o
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