Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.657
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Sea moderado tu sueño, que el que no madruga con el sol, no
goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que la diligencia es madre de la
buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide
un buen deseo. Este último consejo que ahora darte quiero, puesto que no
sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que
creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y
es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos, comparándolos
entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor,
y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un
poco más largo; greguescos, ni por pienso, que no les están bien ni a los
caballeros ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido,
Sancho, que aconsejarte; andará el tiempo, y, según las ocasiones, así
serán mis documentos, como tú tengas cuidado de avisarme el estado en que
te hallares.
-Señor -respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha
dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué han de servir,
si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las
uñas y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín,
pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni
acordará más dellos que de las nubes de antaño, y así, será menester que se
me den por escrito, que, puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré
a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.
-¡Ah, pecador de mí -respondió don Quijote-, y qué mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, ¡oh
Sancho!, que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas:
o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o él tan travieso
y malo que no pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta
es la que llevas contigo, y así, querría que aprendieses a firmar siquiera.
-Bien sé firmar mi nombre -respondió Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que
decía mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha,
y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la
muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto
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