Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.654
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bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las
propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque
todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar
una mujer rústica y tonta. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y
con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de
anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en
verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de
dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro
tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la
vida. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida
con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las
lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como
por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere
tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente,
que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso
doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con
el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu
enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella
hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa
de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a
pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus
gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres
que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has
de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al
culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable,
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo
cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele
piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales,
más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la
justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos
tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad
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