Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.652
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esto aquí y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno
de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis
de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.
-Vístanme -dijo Sancho- como quisieren, que de cualquier manera que vaya
vestido seré Sancho Panza.
-Así es verdad -dijo el duque-, pero los trajes se han de acomodar con el
oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se
vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis
vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy
tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.
-Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero
bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las
armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.
-Con tan buena memoria -dijo el duque-, no podrá Sancho errar en nada.
En esto llegó don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que
Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del duque le tomó por
la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se
había de haber en su oficio.
Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la puerta, y hizo casi por
fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo:
-Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que
yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y
a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada
la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y tú,
antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de
tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan,
porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni
cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y
aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las
pretensiones. Tú, que para mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar
ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha
tocado de la andante caballería, sin más ni más te vees gobernador de una
ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, ¡oh Sancho!, para que no
atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al
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