Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan
contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante,
viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras; y
así, habiendo dado la traza y órdenes que sus criados y sus vasallos habían
de guardar con Sancho en el gobierno de la ínsula prometida, otro día, que
fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se
adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le
estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:

-Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la
tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan
grande de ser gobernador; porque, ¿qué grandeza es mandar en un grano de
mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres
tamaños como avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda la tierra?
Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo,
aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor
ínsula del mundo.

-Mirad, amigo Sancho -respondió el duque-: yo no puedo dar parte del cielo
a nadie, aunque no sea mayor que una uña, que a solo Dios están reservadas
esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y
derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,
donde si vos os sabéis dar maña, podéis con las riquezas de la tierra
granjear las del cielo.

-Ahora bien -respondió Sancho-, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser
tal gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por
codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores,
sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.

-Si una vez lo probáis, Sancho -dijo el duque-, comeros heis las manos tras
el gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen
seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin
duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y
que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado
de serlo.

-Señor -replicó Sancho-, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un
hato de ganado.

-Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo -respondió el duque-, y
yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete, y quédese

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