Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposición
prometía, pero dijéronle que, así como Clavileño bajó ardiendo por los
aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi,
había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la
duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual
Sancho respondió:

-Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la
región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a
quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no
sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide,
bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto
cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la
tierra, y parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y
los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se
vea cuán altos debíamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

-Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la
tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la
tierra os pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una
avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.

-Así es verdad -respondió Sancho-, pero, con todo eso, la descubrí por un
ladito, y la vi toda.

-Mirad, Sancho -dijo la duquesa-, que por un ladito no se vee el todo de lo
que se mira.

-Yo no sé esas miradas -replicó Sancho-: sólo sé que será bien que vuestra
señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento
podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los
mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo,
descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había
de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy
grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete
cabrillas; y en Dios y en mi ánima que, como yo en mi niñez fui en mi
tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio una gana de entretenerme con
ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo,
pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,
bonita y pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las

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