Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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cohetes tronadores, voló por los aires, con estraño ruido, y dio con don
Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado
escuadrón de las dueñas y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron
como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron
maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el
mesmo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto
número de gente; y creció más su admiración cuando a un lado del jardín
vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos
cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes
letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura
de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y
compañía, con sólo intentarla.

Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas
de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y
Antonomasia en su prístino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil
vápulo, la blanca paloma se verá libre de los pestíferos girifaltes que la
persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que así está ordenado por
el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.

Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió
que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo
de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su
pasada tez los rostros de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue
adonde el duque y la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de la
mano al duque, le dijo:

-¡Ea, buen señor, buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada! La aventura es
ya acabada sin daño de barras, como lo muestra claro el escrito que en
aquel padrón está puesto.

El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue
volviendo en sí, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el
jardín estaban caídos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi
se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien
sabían fingir de burlas. Leyó el duque el cartel con los ojos medio
cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote,
diciéndole ser el más buen caballero que en ningún siglo se hubiese visto.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las

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