Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo,
que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

-Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del
aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los
relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta
manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo
cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,
pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el
calor, dijo:

-Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque
una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por
descubrirme y ver en qué parte estamos.

-No hagas tal -respondió don Quijote-, y acuérdate del verdadero cuento del
licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,
caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y
se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el
fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en
Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo
que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los
abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la
pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no
desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que
nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas
y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya,
como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por más que se
remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del
jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.

-No sé lo que es -respondió Sancho Panza-, sólo sé decir que si la señora
Magallanes o Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy
tierna de carnes.

Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los
del jardín, de que recibían estraordinario contento; y, queriendo dar
remate a la estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le
pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de

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