Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías, porque
Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se
viesen. A lo que dijo don Quijote:

-Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de
la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde
criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual decendió,
no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las
historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso
Pierres, que oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete,
cúbrete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes,
a lo menos en presencia mía.

-Tápenme -respondió Sancho-; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni
que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de
diablos que den con nosotros en Peralvillo?

Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó
la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las
dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

-¡Dios te guíe, valeroso caballero!

-¡Dios sea contigo, escudero intrépido!

-¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!

-¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están
mirando!

-¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor
tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su
padre!

Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñiéndole con los
brazos, le dijo:

-Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y
no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

-No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van
fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que
quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé
de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de
mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no
nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la
cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

-Así es la verdad -respondió Sancho-, que por este lado me da un viento tan
recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien

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