Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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-Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía por
nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar
de engañar a quien dél se fía; y, puesto que todo sucediese al revés de lo
que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá
escurecer malicia alguna.

-Vamos, señor -dijo Sancho-, que las barbas y lágrimas destas señoras las
tengo clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta
verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y tápese primero, que si yo
tengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la silla.

-Así es la verdad -replicó don Quijote.

Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le
cubriese muy bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a
descubrir y dijo:

-Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de
Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa
Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la
total ruina de Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en
su estómago.

-No hay para qué -dijo la Dolorida-, que yo le fío y sé que Malambruno no
tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor don Quijote,
suba sin pavor alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.

Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su
seguridad sería poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar,
subió sobre Clavileño y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba; y,
como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de
tapiz flamenco pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y
poco a poco llegó a subir Sancho, y, acomodándose lo mejor que pudo en las
ancas, las halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si
fuese posible, le acomodasen de algún cojín o de alguna almohada, aunque
fuese del estrado de su señora la duquesa, o del lecho de algún paje,
porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.

A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría
sobre sí Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que
así no sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho, y, diciendo ´´a Dios´´,
se dejó vendar los ojos, y, ya después de vendados, se volvió a descubrir,
y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le

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