Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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-¡Ay! -dijo a esta sazón la Dolorida-, con benignos ojos miren a vuestra
grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,
e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo y
amparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,
murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que
en la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.
¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,
de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros un
vos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh gigante
Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,
envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, que
si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de los
ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso en
su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si
es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.





Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura


Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso
caballo Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,
pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era
el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno
no osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora
entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que
sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en
el suelo, y uno de los salvajes dijo:

-Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

-Aquí -dijo Sancho- yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguió diciendo:

-Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso
Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra
malicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el
cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende
Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause
váguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será
señal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por

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